miércoles, 9 de enero de 2013

Suiza (día 4)

El domingo nos íbamos de Interlaken y mientras desayunábamos en la sala común zumos, bollos y batidos, hubo quien decidió ir a pedir un café al bar. Antes de pedirlo quisieron preguntar cuanto costaba y fue entonces cuando otra chica valenciana que trabajaba allí les dijo, en español, que el desayuno estaba incluido, a lo que ellas respondieron rotundamente: "Noooo, para nosotras no". La chica, con cara de extrañeza, les preguntó que si habían dormido allí y le dijeron que sí. Entonces fue cuando la chica les dijo que todo el que duerme allí tiene el desayuno incluido, que no hay una tarifa para dormir solo. Corrieron a contárnoslo mientras se volvían a acordar de la parda de la chiquita recepcionista -que sí, que muy maja pero muy parda- y nos bajamos todos a desayunar un desayuno en condiciones tipo buffet muy rico. Ahí, mientras seguían hablando de la chiquita, surgió la voz de la cordura y la Señorita Maat dijo que a ella le parecía que la chica había dicho que el desayuno era hasta las 11, nada de 11 euros. La alemanoparlante decía, que no, que no, que había dicho 11 euros y la Señorita Maat volvió a decir que lo mirara en el papel que la chica se lo había apuntado. De como confirmamos que habíamos regalado un desayuno no vamos a decir más porque se resume en que en el papel ponía "11 h.".

Dejamos Interlaken para ir a ver unos pueblos que están en las montañas y a los que solo se puede subir en tren. Dimos una vuelta por allí y disfrutamos de las vistas. Realmente son pueblos de esquiadores y no tienen demasiado que ver pero una vez que estás arriba las vistas son bastante buenas.

Las vistas.
De camino a Lucerna, nuestro tercer lugar de hospedaje, paramos en un bonito bar/restaurante en medio de un mirador que había en la carretera de la montaña con una terraza muy rica donde nos tomamos una cerveza al solecito, con gafas de sol y en manga corta mientras mirábamos como un poco más arriba estaban los picos llenos de nieve.

Fue llegar a Lucerna y estropearse el tiempo. No sé si porque las montañas paraban las nubes en Interlaken o pura coincidencia.

Lucerna es un lugar muy bonito en el que no puedes aparcar los coches en la calle y nuestro hotel no tenía parking así que tuvimos que buscar uno para dejarlo todo el día y que no tuviéramos que hipotecar muchas de nuestras pertenencias para poder pagarlo. Una vez conseguido esto nos fuimos a comer unas fondues, unos röstis y otros platos típicos suizos en un restaurante con wifi donde le pedimos la contraseña al camarero al grito de "Pasport" siendo lo más triste de todo que lo entendió. Tras comer empezamos a visitar Lucerna pero al poco de comenzar se lió el diluvio universal. Lejos de amedrentarnos seguimos paseando mientras nos poníamos como una sopa. Cuando estábamos suficientemente mojados nos volvimos al hotel y nos apalancamos en la habitación parejil hasta que nos entró hambre y nos comimos unos fuets a bocados y otros manjares propios de la dieta de piso de estudiantes.

Lloviendo y de noche. Todo un lujo.
Las habitaciones que teníamos en ese hotel eran dos triples y una doble, para la parejita. Las triples estaban formadas por dos camas abajo y una superior a modo de litera que era tan grande como las otras dos juntas por lo que estaba muy bien.