miércoles, 18 de agosto de 2010

Descenso del Sella

El fin de semana del 6 de agosto nos marcamos un viaje relámpago a Asturias para hacer el descenso del Sella. A mi me motivaba mucho más la idea del descenso que de la fiesta pero hay que reconocer que estuvo todo muy divertido y lo pasamos rebién. El resumen del "diario de viaje" sería el siguiente:

Por motivos debidos al trabajo de los viajeros y a la desaparición de un sms que nunca llegó a su destino (aún lo estoy esperando) la salida fue más tarde de lo previsto. Salimos sobre las 9 y pico de moncloa, teniendo que hacer una parada prevista en Vistanevada y una visita no prevista a Guadarrama. Tras el desencanto de esta última decidimos poner a trabajar a Esmeralda, gps jefe del conductor, y a la becaria, gps del copiloto para que nos llevaran a Arriondas, lugar desde el que iniciaríamos el descenso el sábado. El viaje tuvo su merecida parada para cenar unos jugosos bocadillos de tortilla de jamón con tomate, a mitad de trayecto y a las tres menos cuarto de la madrugada, aproximadamente, llegábamos a nuestro destino.

Una vez allí, tuvimos que buscar dos huecos, cosa complicada pues el pueblo estaba bastante lleno, por lo que decidimos buscarlos a las afueras. En el primero, dejamos el coche. En el segundo, plantamos las dos tiendas. Una vez hecho esto, procedimos a dar cuenta de las botellas que traíamos. En el momento en que nosotros empezábamos, multitud de los que serían nuestros compañeros de parque, volvían a dormir. Tras unas cuantas copas, nos fuimos a conocer la maravillosa fiesta de Arriondas. Después de los correspondientes bailes, saltos, gritos (¡Qué estoy muy loco balumba!) y la salida del sol, nos fuimos a dormir a eso de las ocho y media.
Multitud en Arriondas

A las 11 tocaron diana. Desayunamos unos excelentes batidos de chocolate y unos bollos, recogimos las tiendas, y nos fuimos al encuentro del que sería nuestro vehículo durante las siguientes cuatro horas y media: las piraguas o canoas. A la una y pico, comenzamos nuestro descenso rodeados de la creme de la creme de la sociedad y de un gran número de navegantes que en un alarde de originalidad tan grande como el nuestro, comenzaban su descenso. El río estaba saturadísimo en los primeros tramos entre canoas, borrachos y bañistas, pero a las tres y media conseguimos llegar al punto kilométrico intermedio donde paramos a hacer un descanso y a disfrutar del sabroso bocadillo de jamón y queso que nos había proporcionado la organización, junto con una botella de agua, una manzana y unas galletas de chocolate, todo un lujo para conformar una maravillosa dieta sana y equilibrada.

Tras el descanso reanudamos la marcha y alcanzamos nuestro destino en torno a las cinco y poco. Desde el medio de la montaña una furgoneta de la organización nos recogió para devolvernos a Arriondas y nos ofrecieron una maravillosa ducha compartida con agua fría y el uso y disfrute de unos cuartos de baño.

Una vez terminado el correspondiente aseo nos dirigimos al coche para poner rumbo a la segunda parada de nuestro viaje: Ribadesella.

La entrada al pueblo estaba colapsada y la autoridad nos sugirió dejar el coche a unos dos kilómetros del pueblo, en un parking habilitado para las fiestas, en medio de un prado de vacas, por el módico precio de 5 euros. Aceptamos sin dudar y nos pusimos a buscar un hotelito para nuestras tiendas. Tras hablar con los lugareños y con gente más experimentada que nosotros, llegamos a un acuerdo con un señor que permitía poner las tiendas en su jardín al precio de 10 euros tienda pero que después de regatear con él, ponerle cara de pena y decirle que nuestras tiendas eran pequeñas, nos dejó poner las dos por quince.

Con nuestro hogar preparado para la noche nos dirigimos a cenar a Ribadesella en un bus gratuito que hacía el recorrido: aparcamiento - pueblo, pueblo - aparcamiento. Una vez allí, cenamos y después nos tomamos unas copichuelas sentados en el suelo de un sitio cualquiera. Cuando se terminó el alcohol y en vista de que el apalancamiento amenazaba con aparecer, nos levantamos y nos fuimos al meollo del asunto, es decir, a la zona de fiestas, música y sidra. Estuvimos comprobando todos los ambientes de las fiestas. Fuimos de un lado para otro y solo hicimos las paradas necesarias para degustar la bebida de la tierra perfectamente escanciada por nuestras extraordinarias manos. Esa noche, el cansancio hizo mella antes, y cerca de las cinco de la madrugada estábamos en nuestra tienda dispuestos a dormir, después de un paseíto de media hora, porque el autobús terminaba a las 23:30 y comenzaba a las 8.
Multitud en Ribadesella

A la mañana siguiente y tras comprobar que pese a ser un hotel de pago nuestros vecinos eran del mismo nivel que los del día anterior y que las tiendas del decatlon son muy fáciles de montar pero pocos saben guardarlas, recogimos nuestra tienda y pusimos rumbo a lo que iba a ser nuestra última parada: Llanes.

Superado un atasco de una hora para recorrer cuatro kilómetros llegamos al destino. Dimos una vuelta por el pueblo, fuimos a la playa y buscamos un sitio para darnos un merecido festín. Tras arduos minutos de búsqueda, encontramos un sitio de nuestro agrado en el que degustamos unos manjares que serán recordados por mucho tiempo, pues una de las frases que más repetimos fue: "¡Qué bien hemos comido!". Después de comer, cogimos el coche y emprendimos viaje de vuelta hacia Madrid con ayuda (poca) de Esmeralda y la becaria que nos hicieron comernos un atasco de 20 kilómetros por un camión que había volcado. Por este imprevisto, tuvimos que hacer una parada para cenar que dejó el tiempo total del viaje en aproximadamente algo más de 8 horas para hacer Llanes - Madrid con parada en Vistanevada.
Tranquilidad en Llanes